“NUESTROS HIJOS NO SON NOSOTROS”

“Queremos conocer a nuestros hijos, sin conocernos a nosotros mismos”.

“Queremos entender a nuestros hijos, sin entendernos nosotros”.

“Queremos que nuestros hijos nos presten atención, cuando nosotros no se la prestamos”

“Queremos que nuestros hijos hagan lo que les decimos, cuando nosotros no les hacemos caso cuando ellos nos dicen”.

“Queremos que nuestros hijos hagan caso a nuestras palabras, cuando nuestros actos en muchas ocasiones las contradicen”.

“Queremos que nuestros hijos nos escuchen, cuando nosotros no les escuchamos”.

“Queremos que nuestros hijos nos respeten, cuando nosotros no les respetamos”.

Generalmente, la inmensa mayoría de los padres, sin darnos cuenta (y si nos damos cuenta lo justificamos) vertemos sobre nuestros hijos muchos  condicionantes y responsabilidades; eso sí, revestidos de prometedoras expectativas: “Tienes que ser/ Vas a ser… el mejor médico”, o “el mejor deportista”, o “el más obediente”, o “el más educado”, o “el más inteligente”, o “el más hábil”, o “el más…” (o todos ellos juntos). Y actuamos de tenaces vigilantes, garantes de que nuestro hijo sea todo aquello que le hemos “regalado”.

Sé que, en la inmensa mayoría de los casos, esta proyección de nuestros deseos sobre nuestros hijos, la hacemos con la mejor de las intenciones. Pero no por eso es menos dañina. Sin darnos cuenta les colocamos, desde prácticamente el momento de nacer (si no antes), el camino que nos gustaría que recorriesen (que en muchas ocasiones es el camino que a nosotros nos hubiera gustado haber podido seguir); sin tener para nada en cuenta el que ellos han venido a recorrer.

Esta renuncia a prestar atención al SER de nuestros hijos y a lo que ellos han venido a hacer en esta vida (su Propósito de Vida), acarreará problemas para toda la familia. ¡Y muy severos!

Sugiero echar un vistazo a las relaciones padres-hijos en la infancia, en la adolescencia, y en la vida adulta: ¿Cuántas familias conocemos que tengan una buena relación con sus hijos (sobretodo sus hijos con ellos) cuando los hijos son adultos?

En muchas ocasiones, los hijos ven su entrada en la vida adulta como la oportunidad de oro para “desaparecer” de la vida de sus padres. Y, por supuesto, para que sus padres desaparezcan de la suya. ¿Quién quiere seguir compartiendo vida con el que hemos sentido como un “carcelero” que nos ha estado haciendo la puñeta cuanto podía?

Tengo absolutamente claro que ésta no es la intención de la mayoría de los padres (si no, no se calificarían a ellos mismos de sufridores precisamente por lo que consideran que sus hijos les han hecho pasar a ellos). Los padres están convencidos de que su misión en la vida (o al menos una de sus obligaciones) es sacrificarse para que sus hijos puedan llegar a ser lo que ellos no fueron (o porque no pudieron; o porque pudiendo, no lo hicieron); y que tienen que trazarles el camino, baldosín a baldosín, les guste a sus hijos o no.

El hijo no puede rechistar, porque entonces es acusado de injusto, de ingrato, de egoísta,…; en definitiva: de mal hijo. ¿Cómo con todo lo que sus padres hacen por él, él no va a hacer lo que ellos quieren? Pero… si es lo mejor; si es por su bien. Si no, no lo harían. Éstos son sólo algunos mensajes que acompañan al niño mientras crece (y en muchos casos durante toda su vida) y que tan dañinos y perjudiciales le resultan.

Pero…

– ¿Qué padre/ madre quiere dañar a su hijo?

– ¿Qué padre/ madre quiere conseguir que su hijo en la madurez se aparte de él/ ella (no le hable; le reproche el dolor acumulado; o le eche en cara los años de terapia que lleva a sus espaldas, sintiendo que es por su culpa)?

Dejando a un lado las excepciones, que lamentablemente las hay, estoy segura de que la mayoría de los padres no quieren causar dolor a un hijo. Y sin embargo, en la mayoría de los casos, les causamos un dolor que llega a resultarles una carga tan insoportable, que sólo puede ser levemente mitigada si nos pierden de vista; si nos apartan de su vida.

Por muy duro que resulte darse cuenta de ello, a veces lo más sano que puede hacer un hijo con unos padres que le han organizado siempre la vida, es separarse de ellos. Muchas veces le resulta la única manera de poder empezar a vivir como él quiera (o pueda).

Nuestros hijos no nos castigan, sólo empiezan a vivir cuando reúnen la fuerza suficiente para poder hacerlo.

El padre que se torne intransigente y victima, estará apartando (quizás definitivamente) a su hijo de su vida. Sólo los padres que sean capaces de darse cuenta de lo que ha ocurrido hasta el momento, y den un giro de 180º a la relación con su hijo, no le perderán.

Es verdad que conseguir esto es difícil (por no decir imposible) si los padres no estamos dispuestos a entender que, todo lo que nuestros hijos hacen, forma parte de lo que precisan hacer para SER. Y no de lo que quieren hacer, adrede, para fastidiarnos; ponernos en evidencia; desacreditarnos; cuestionar nuestra autoridad y… no se cuántas cosas más que, a veces, se nos ocurre pensar.

Efectivamente nuestros hijos nos “echan pulsos”, pero para romper las ataduras con la vida prefabricada que sienten que les queremos colocar; no para fastidiarnos. Por eso, en la medida que un hijo siente que se le permite SER (no como esperamos que sea, sino como él ES) va desapareciendo su necesidad de oposición (su necesidad de echar pulsos); porque no hay contrincantes enfrente.

Cada hijo nos da la oportunidad de diferenciar lo que sería nuestra expectativa colocada en él sobre “cómo debería ser”; y el respeto a su libre manifestación, desde pequeño, de cómo decide o quiere él SER.

Lo que acabo de señalar en el párrafo anterior, no es nada sencillo de llevar a la práctica como padres, porque supone: renunciar conscientemente a ser los dueños de la vida de nuestros hijos y tratarles como a seres humanos libres e independientes (no como a prolongaciones nuestras)

Eso no quita que, como padres, fijemos límites claros y precisos que ayuden a nuestros hijos a manifestar su Esencia en un entorno seguro para evolucionar. Pero esos límites se los marcaremos desde el AMOR y la CONSCIENCIA del PERMITIRLES SER, no desde la impotencia, el desconocimiento o la rabia generados por no saber lo que ocurre o cómo actuar ante ello.

Debemos permitir que nuestros hijos SEAN, a la vez que nosotros estamos SIENDO.

La familia puede suponer una preciosa posibilidad de crecimiento y evolución individual y conjunta. Y es responsabilidad de los padres el permitir que así sea. Nos corresponde, como padres, respetar y facilitar el ritmo de crecimiento personal y espiritual de nuestros hijos, siempre que sea posible (que resulta serlo la mayoría de las veces); y siempre que no entre en confrontación con las necesidades de los demás miembros de la familia (que afortunadamente sucede en muy pocas ocasiones)

Y como es verdad que, a veces, los avances no son tan rápidos o espectaculares como nos gustaría; la relación con nuestros hijos nos permite trabajarnos, además, la paciencia y el control de nuestras acciones. Y es a través de este trabajo que realizamos en nosotros mismos, cuando sentiremos cómo irá brotando, desde nuestro interior, un inmenso AMOR y AGRADECIMIENTO simplemente con pensar en ellos.

Nuestros hijos no son nosotros, ni una prolongación nuestra.

Nuestros hijos SON en sí mismos; y hemos de permitirles SER.

Y si les permitimos SER: Serán una BENDICIÓN EN NUESTRA VIDA Y NOSOTROS EN LA SUYA.

María José Trillo
Psicóloga Colegiada
Lectora de Registros Akáshicos
Especialista en Regresiones
Mediadora familiar y con menores
www.mariajosetrillo.es

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