“NOSOTROS NO SOMOS NUESTROS PADRES”

“Yo estudié lo que a mi padre le gustaba”

“Yo no valía para estudiar; decían que era torpe, que no era como mi hermano”

“Yo no viajé porque a mi madre le daba miedo”

“Yo era el raro de la familia. Decían que no había quien me entendiese. Y puede que tuviesen razón, porque ahora soy yo el que no me entiendo”

“Da igual lo que haga, seguirán pensando lo mismo de mí”

Desde muy pequeños, la mayoría de nosotros ha ido interiorizando y haciendo suyos mensajes que, como éstos, nos llegaban de nuestro entorno familiar y social.

Ahora que somos adultos, y que en muchas ocasiones arrastramos un gran daño de nuestro pasado, es necesario que nos preguntemos: Qué es lo que pensamos nosotros. Y si queremos seguir pensando y sintiendo lo mismo.

De pequeños no pudimos decidir qué pensamientos y acciones queríamos que gobernaran nuestra vida, porque nos limitamos a incorporar lo que fundamentalmente nuestros padres, o las personas con las que nos criamos, nos transmitieron. Pero ahora, de adultos, sí podemos decidir qué pensamientos y comportamientos nos resultan válidos, y mantenerlos; o qué pensamientos y comportamientos nos están dañando, y eliminarlos.

Cada uno de nosotros somos responsables de llevar a término nuestra vida; entendiendo que los demás son nuestros compañeros de viaje, pero que en modo alguno son responsables de ella. Por este motivo, tenemos que empezar a vivir la vida que nosotros queremos, no la que otros han podido  querer que vivamos. Y para ello el primer paso es hacernos responsables de lo que pensamos, decimos y hacemos.

Tendemos a colocar en los demás la responsabilidad sobre nuestros actos, como si lo que hiciésemos fuese siempre consecuencia de lo que nos han hecho los otros (“Te he levantado la voz, porque me has hecho enfadar”; “Te mereces que te trate así, por lo que me has hecho”; “Tú tienes la culpa de que esté tan triste”…). Con esta forma de proceder, pretendemos inútilmente eximirnos de la responsabilidad sobre nuestros actos, pero lo único que conseguimos es perder el poder sobre la dirección de nuestra propia vida. Al dar al otro el poder de hacernos sentir bien o mal en función de lo que diga o haga, nos convertimos en títeres que bailan según los hilos que nos mueven. Pero ocurre más: cuando yo hago al otro responsable de lo que a mí me pasa, estoy asumiendo consciente o inconscientemente que, yo a mi vez, soy responsable de lo que a él le pasa. Con lo que, a partir de ese momento, ambos somos marionetas del propio teatro que hemos creado y de la propia obra que decidimos interpretar.  Y nos iremos situando, alternativamente, en el papel de victimas y en el de verdugos. Pasaremos por tanto, alternativamente, del papel de pobres mártires que tienen que aguantar al otro por lo que les hace (en el que nuestro lenguaje será: “Me hace sentir como si no valiera nada, haga lo que haga nunca le parece suficiente”; “Le he dedicado mis mejores años y mira cómo me lo paga”; “No debería haber permitido que me tratase así”…); a verdugos castigadores que intentan resarcirse del daño causado por el otro (eligiendo a veces castigarle desde la palabra o la acción, pero también eligiendo a veces hacerlo desde el silencio o la indiferencia). En este doloroso juego de marionetas, nos moveremos en un lenguaje de culpa/ autoculpa – castigo/ autocastigo.

Sin embargo podemos dejar de jugar este juego, haciéndonos conscientes de que cada uno de nosotros somos responsables de nuestros actos y de nuestras acciones, independientemente de los actos o las acciones que los demás tengan para con nosotros. De esta manera, podemos decidir no situarnos en el papel de victimas; y, a la vez, no hacer nuestro el victimismo que elijan los demás para su vida. De igual manera, podemos decidir no situarnos en el papel de verdugos; y, a la vez, no entrar en el juego de los que quieren situarse como verdugos nuestros.

TENGAMOS SIEMPRE PRESENTE QUE EL OTRO PUEDE DECIR O HACER LO QUE CONSIDERE, PERO QUE NOSOTROS SOMOS LOS ÚNICOS QUE TENEMOS POTESTAD PARA ACEPTARLO O RECHAZARLO EN NUESTRA VIDA.

Muchas veces estamos anclados en algún dolor de nuestro pasado, y consideramos que tenemos ese dolor porque alguien nos hizo sentir mal (un padre autoritario que nos llamaba constantemente inútiles; una madre posesiva y dominante que no nos permitió relacionarnos; un hermano envidioso que nos hizo la vida imposible…)

Es muy importante que nos demos cuenta de que estos dolores de nuestro pasado, a día de hoy ya no tienen razón de ser. En muchas ocasiones, las personas a las que consideramos causantes de los mismos han fallecido; tenemos poco o nulo contacto con ellas; o aunque tengamos contacto, ya no somos (o no deberíamos serlo) esas pequeñas personitas que decidieron dar como válidos los mensajes o los comportamientos que recibían de sus progenitores (para intentar encajar, como fuera, en su familia).

Sin embargo, resulta paradójico observar cómo de adultos seguimos manteniendo las mismas actitudes que de niños: seguimos reaccionando de la misma manera y se nos siguen moviendo las mismas emociones cuando nos exponemos a situaciones dolorosas de nuestro pasado (especialmente de nuestra infancia). A veces, incluso, no es necesario que nos encontremos ante una situación similar a la vivida; porque el simple recuerdo de lo vivido es capaz de poner en marcha el proceso descrito (por ejemplo, podemos revivir el miedo paralizante que sentíamos ante nuestro padre solamente con recordarle)

Si nos encontramos en alguna situación similar a las descritas, es muy importante que empecemos a hacernos consciente de qué es lo que está operando, a día de hoy en nuestra vida, para que no la soltemos. Es decir: ahora mismo como seres adultos que somos, qué nos sigue atando a un doloroso pasado (¿la rabia?, ¿la culpa?, ¿el castigo?, ¿el resentimiento?, ¿el dolor?…) Cuando fuimos pequeños, cada uno de nosotros hicimos lo que pudimos para sobrevivir. Pero ahora, ¿qué sigue alimentando lo que nos hizo daño en nuestro pasado?

¿QUIZÁS ES NO QUERER PERDONAR? ¿QUIZÁS ES NO QUERER HACERNOS RESPONSABLES DE NUESTRA PROPIA VIDA?

A veces decimos “No se merecen que les perdone por todo el daño que me hicieron”. Y yo no voy a entrar en si llevamos o no razón. Pero sí que voy a dejar las siguientes cuestiones para nuestra reflexión:

–         Independientemente de lo que pensemos sobre los otros, debemos tener claro si consideramos que nosotros sí merecemos el perdón y la liberación de nuestras ataduras.

–         Tendemos a culpar a nuestra familia de origen, por el malestar que acarreamos en nuestra vida presente; y tendemos a culpar al núcleo familiar que decidimos formar (pareja/ hijos) por el malestar en nuestra vida presente.

Mientras responsabilicemos a los otros de cómo nos sentimos en nuestra vida, no tomaremos nosotros las riendas de la misma.

–         Cuando no nos hemos liberado de las ataduras del pasado, solemos reproducir aquellos comportamientos que tanto nos dañaban (es muy frecuente escuchar a padres/ madres sorprendidos al observar cómo ellos mismos están reproduciendo, con sus hijos, comportamientos que aborrecían de su padre/ madre)

Si eres padre o madre, si has decidido serlo, o si deseas serlo en un futuro, es muy importante que puedas irte haciendo cada vez más consciente de qué tipo de relación es la que quieres mantener con tus hijos. Porque cuanto mayor nivel de conciencia (que no es lo mismo necesariamente que de conocimiento) hayamos adquirido sobre nuestros hijos, más positivas, enriquecedoras y gratificantes serán nuestras relaciones con ellos.

El mes próximo en el artículo “Nuestros hijos no son nosotros” profundizaremos en la importancia de dar a nuestros pequeños una Educación Consciente, desde el Amor, para permitirles Ser y desarrollarse conforme a su Propósito de Vida.

María José Trillo
Psicóloga Colegiada
Lectora de Registros Akáshicos
Especialista en Regresiones
Mediadora familiar y con menores
www.mariajosetrillo.com

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