“CUANDO LA RESPONSABILIDAD SE CONVIERTE EN UNA CARGA”

A  veces no nos resulta sencillo diferenciar en la práctica entre responsabilidad y carga. Y, cuando esto nos sucede, la consecuencia suele ser que sufrimos mucho.

En ocasiones no tenemos clara la diferencia entre “aceptar nuestra responsabilidad sobre algo” y “asumir la carga de algo”. Y, sin embargo, saber diferenciar entre “hacernos responsables de…” y “cargarnos con…” va a marcar la diferencia entre que vivamos sintiéndonos libres o sintiéndonos esclavos.

Es difícil imaginar una vida sin responsabilidades. Desde que somos pequeños vamos encargándonos de lo que se supone que nos corresponde por edad (recoger nuestros juguetes, estudiar, colaborar en las tareas de casa…) o de lo que nos vemos forzados a encargarnos por situaciones concretas (por ejemplo: siendo niños podríamos habernos visto obligados a asumir responsabilidades que no nos correspondían por edad, si nuestro padre o madre hubiera fallecido y hubiésemos tenido que hacernos cargo de hermanos más pequeños). Como en este caso, es cierto que a veces hemos podido encontrarnos en la situación de tener que aceptar forzosamente responsabilidades que han podido desbordarnos, y que en su momento no supimos manejar. Pero es muy importante que nos preguntemos ahora que somos adultos, si las situaciones de las que nos estamos encargando, en este momento de nuestra vida, las estamos afrontando desde la responsabilidad o desde la carga.

¿Y cómo saberlo? ¿Cómo saber si lo que estamos viviendo lo vivimos como una responsabilidad o como una carga? ¿Dónde está la diferencia entre ambas?

Podremos saber en qué punto nos encontramos, si tenemos en cuenta que la diferencia entre “habernos hecho responsables de…” o “habernos cargado con…” radica, por un lado, en 1) cómo nos sentimos nosotros con lo que estamos haciendo (¿nos sentimos bien?; ¿nos sentimos mal?); y por otro lado, en 2) si tenemos claro que estamos haciendo libremente lo que hacemos, porque consideramos que en este momento es la mejor opción posible, o si sentimos que no tenemos más remedio que hacer eso porque no nos queda otra.

Para que nos quede más claro vamos a analizar, atendiendo a estos dos puntos anteriores, un par de las situaciones que más habitualmente nos toca vivir:

Situación A) Nacimiento de un hijo.

Situación B) Cuidado de un padre enfermo.

1) ¿Cómo me siento (bien/ mal) con lo que hago al tener a mi hijo / cuidar de mi padre enfermo?

2) ¿Tengo claro que estoy haciendo libremente lo que hago, porque considero que en este momento es la mejor opción posible para la situación que vivo (tener a mi hijo/ cuidar de mi padre enfermo)?

Sugiero, porque nos puede ayudar mucho, que tras estos ejemplos (o en lugar de ellos), trabajemos cada uno de nosotros nuestras propias situaciones de vida.

Las respuestas que demos a las dos preguntas formuladas, para las situaciones ejemplo A o B (o para las situaciones propias elegidas), van a indicarnos si “estamos haciéndonos responsables de la situación” o si “estamos cargando con la situación”. En la medida en que nos sintamos mejor con lo que hacemos, y sintamos que es la mejor opción posible en este momento, más estamos ejerciendo nuestra libre responsabilidad sobre la situación; por el contrario, en la medida en que peor nos sintamos con lo que hacemos, y además sintamos que lo hacemos porque no nos queda otra, más hemos cargado la situación sobre nuestros hombros.

Si queremos saber qué produce esta diferencia entre responsabilidad y carga, para poder decidir cómo queremos vivir cada situación a partir de ahora, el primer paso es hacernos conscientes de qué pensamiento es el que permitimos que nos esté acompañando al valorar cada una de las situaciones:

Situación A) He tenido mi primer hijo (Pensamiento_ “ya se me acabó disfrutar de libertad”)

Situación B) Cuido de mi padre enfermo (Pensamiento_ “no me queda tiempo para mí”)

Los pensamientos que he permitido que me acompañen en estas dos situaciones, parten de una premisa limitante; que va a influir enormemente en mí (incluso aunque yo no sea consciente de ello). Esta premisa es limitante, porque yo estoy colocando en lo exterior a mí la consecuencia de lo que va a ocurrir o a ocurrirme:

En la situación A) estoy colocando en la llegada de mi primer hijo, mi ausencia de libertad.

En la situación B) estoy colocando en cuidar de mi padre enfermo, mi renuncia a ocuparme de mí.

Sin embargo; en cualquier situación que vivamos, sea la que sea, es importante tener muy claro que la forma en la que cada uno de nosotros estamos viviendo esa situación, no implica que sea la única manera de vivirla (es decir: no todo el mundo que tiene hijos vive renunciando a su libertad; y no todo el mundo que cuida de un padre enfermo vive renunciando a sus necesidades o deseos). De hecho está demostrado que, ante los mismos acontecimientos vividos (pérdida de un ser querido, separación de la pareja, pérdida de un trabajo…), unos y otros reaccionamos de muy diferentes maneras en función de nuestros pensamientos, creencias, juicios de valores… Y que lo que pensamos y sentimos -ante la situación que vivimos- es mucho más determinante, que la propia situación, para lo que decidimos hacer ante ella.

¿Qué quiere decir esto?

Esto quiere decir que: el acontecimiento que vivimos no determina la forma en la que lo vivimos. La manera en la que lo vivimos la determinamos nosotros en función de nuestros pensamientos; creencias; los juicios valorativos que hacemos; y, sobre todo, en función del grado de libertad que nos hemos concedido para saber que somos libres para decidir y utilizar así nuestro libre albedrío para conducir nuestras vidas.

Para conseguir “dejar de cargarnos” con las cosas, es imprescindible que pensemos y sintamos que somos merecedores de vivir la vida como queremos vivirla; y que, además, no nos atrapemos en la culpa por hacerlo (incluso aunque otros intenten llevarnos a ello). Cuando yo sé que merezco estar bien, sentirme bien y decidir sobre mi vida, me resulta mucho más sencillo ocuparme de mis responsabilidades y a la vez permitir que los demás se ocupen de las suyas. Cuando entiendo, acepto y, además, llevo a la práctica el hacerme responsable de lo que es mío, entonces me va resultando cada vez más sencillo dejar de culpar a los otros alegando motivos como el “no me queda tiempo para mí”, “no me facilitan nada”, “desde que tuve a mis hijos no sé lo que es tener un rato para mí” o el “cuidar de mi padre me ocupa todo el día”

Desde mi libre albedrío decido entonces que el pensamiento que me acompañe en cada una de las situaciones que viva sea aquél que me haga sentirme bien y me permita elegir libremente la mejor opción posible para lo que vivo en cada momento. Es muy importante observar que no es la situación que vivo la que cambia, sino el pensamiento que yo decido que me acompañe en esa situación que vivo:

Situación A) He tenido mi primer hijo (Pensamiento que elijo _ “voy a seguir disfrutando con él de la vida; aunque sé que es muy importante que todos los días me reserve un ratito para mí y voy a hacerlo. Sé que si no cuido también de mis necesidades, muy posiblemente se lo eche en cara a mi hijo en algún momento”)

Situación B) Cuido de mi padre enfermo (Pensamiento que elijo _ “cuidar a mi padre puede ser compatible con cuidarme yo si me organizo para ello y lo pongo en práctica”)

Las situaciones que hemos vivido o que estamos viviendo, por tanto, no determinan el cómo las vivimos. El cómo las vivimos es el resultado del pensamiento con el que hemos valorado cada situación, incluso aunque no hayamos sido conscientes de ello.

María José Trillo
Psicóloga Colegiada
Lectora de Registros Akáshicos (ARCI)
Especialista en Regresiones
Mediadora familiar y con menores
www.mariajosetrillo.com

Deja un comentario